A pesar del pronóstico y de la tormenta que amenazó con suspenderlo todo, el Festival y Feria Barrial Arazatí no solo se realizó, sino que logró convertir el agua en parte de la escena. Reubicado a tiempo bajo el techo del Espacio Maracuyá, el evento se transformó en un refugio donde la lluvia tranquila y el viento fresco, lejos de ser un obstáculo, acondicionaron el ambiente para un encuentro íntimo y vibrante entre artistas, emprendedores y vecinos.
La jornada, organizada en torno a una escena principal, fue más que un festival; fue un viaje sensorial y comunitario. Tras las palabras de bienvenida, los sentidos se despertaron con el taller de cocina de Laura López Oestman, quien no solo enseñó los secretos de un tiramisú de guayaba, sino que deleitó al público con las exquisiteces de su pastelería. Otros emprendedores se sumaron con sabores regionales para brindar autencidad al encuentro.
Luego, la calma y la fluidez llegaron de la mano del Prof. Rogelio Frutos y su exhibición de Tai Chi Chuan. Pero el ritmo pronto tomó protagonismo: la muestra taller “Tamboras”, coordinada por Anahí Collet, y “Resonancias de un Latir”, la propuesta de percusión y danzas de Rocío La Roqa, hicieron latir el espacio. La noche aceleró su pulso con la energía de Catú de La Cruz de Metele Catú y la potencia coral del Ensamble Voces de Mujeres. Ya entrada la noche, la danza se adueñó del escenario con las poderosas Mostras Cambá y Danza Identidad, para culminar en un cierre a puro baile, con el sonar contagioso de los tambores y un candombe que invitó a todos a moverse. La Fuega, como Maestre de Ceremonias, tejió con gracia el ritmo del espectáculo mientras alentaba al público a descubrir y apoyar a los emprendedores locales, dando fe de la calidad de sus productos.
Memorias que fluyen
Sin embargo, el corazón del festival latió en las historias compartidas. La noche fue también de celebración y legado, con la inauguración de la obra “Virgen de Arazá” del artista Sergio Falcón, que ya forma parte del patrimonio cultural de Villa Ercilia.
Pero fueron los relatos de los vecinos e integrantes de la Comisión Barrial los que tejieron la verdadera trama del evento. Con la voz cargada de nostalgia, rememoraron los años 50, cuando las primeras familias llegaron a lo que entonces eran los límites de la ciudad. Con esperanza de prosperidad, comenzaron a construir sus casitas, ganándole lentamente espacio al Riacho Arazá. En aquel paisaje, los montecitos de guayaba, ñangapirí y los bananales interminables alimentaban la vida silvestre y las aventuras de los niños, quienes también pescaban en las claras aguas del Arazá.
Uno de los rituales imborrables era el de la sopa de pescado de los viernes, un manjar que reunía a los jóvenes del barrio para cocinar y disfrutar de todo lo que el río ofrecía, sin discriminación. Y cuando el río Paraná crecía y por la vertiente del Arazá ingresaban dorados y surubíes, la noticia corría como reguero de pólvora y los pescadores se congregaban en sus orillas en busca de una presa extraordinaria.
Estas historias de abundancia convivían con las de lucha. Los vecinos recordaron las odiseas para cruzar de un sector a otro de la ciudad, especialmente tras las lluvias que hacían desbordar el riacho. También la vulnerabilidad de aquellas primeras casitas, que se inundaban al no estar construidas a suficiente altura.
Fueron, en definitiva, relatos de lucha, convivencia y un arraigo profundo. Esas historias abrazaron a los presentes, trayendo a la memoria el valor incalculable de permanecer unidos y el amor por la tierra que los acogió. Una tierra donde, a pesar de las adversidades, lograron consolidar sus familias y dar vida a un barrio colorido de casas bajas, donde hoy abundan las flores, las aves y los árboles frutales que fueron testigos del origen de la vida en torno al Riacho Arazá.
El Festival Arazatí, así, fue más que una sucesión de actos artísticos y gastronómicos. Fue un acto de resistencia alegre contra el olvido, una reafirmación bajo la lluvia de que la comunidad, como el río que le dio nombre, sigue fluyendo, recordando y creando, como la vida misma en cada una de estas familias.

