Una de las cuestiones en la previa del 3-0 argentino contra Argelia pasó por cómo respondería el campeón ante el desafío de igualarse, este tema del “hambre”. Una pregunta a la que Mauricio Macri, presente en Kansas City, respondió que “ojalá tengan todos hambre”, pero sin ningún tipo de ironía política, al menos consciente. Mucho más precisa fue la respuesta de De Paul y ni hablar la de Messi. Pase infernal del 7, golazo del 10. Justo dos de los “veteranos” del equipo (sólo ellos dos y Dibu superaban los 30 años entre los titulares) probando su vigencia.
Con casi 39 años, a Messi no se le escapa una. De manera figurada y literal: su primera ovación durante el partido vino de una acción defensiva. El 10, el capitán, el mimado, la cara del Mundial, arremangándose de entrada en campo propio, marcando el tono en su partido número 200. Y no fue la única, al ratito volvió a ganar abajo. Prácticamente irreconocible y no precisamente porque desde la cabina de prensa ubicada en el último piso del Arrowhead se viera poquito. ¿Qué sentido tiene hacer estadios tan altos si la cancha sigue teniendo el mismo tamaño? Hasta los pájaros parecían esforzarse por volar delante del vidrio a esta altura. Cosas de yanquis.
Contrario a lo que generalmente se destaca de los equipos con altísimo talento ofensivo, da la impresión de que la actividad favorita de esta Selección de Scaloni es recuperar la pelota en campo propio para después hilvanar cuatro o cinco pases consecutivos. Casi que una cuestión de religión, como para desmoralizar el rival. Lo logró en numerosas ocasiones a partir de su mediocampo, con un Alexis Mac Allister muy activo en ese aspecto, por destacar injustamente a sólo uno.
Como aspecto negativo, el equipo pareció depender en exceso del ingenio de su capitán para generar en ataque. En parte porque fue una locura lo que hizo dentro de la cancha y otro tanto porque todas las pelotas pasaron por él, buscado un poco más de lo debido por sus compañeros (al fin y al cabo, los más cuerdos). Pero es su último tango y todos lo saben, también la gente. “Que de la mano de Leo Messi, toda la vuelta vamos a dar”, respondió al segundo gol un estadio teñido de celeste y blanco, con algunos puntos verdes y también rojos, el color de los asientos, varios llamativamente vacíos luego de todo el drama por el precio de las entradas. Al tercer gol, en cambio, ya fueron sonrisas incrédulas más que ovaciones.
Y lo saben también los pibes Mbappé y Haaland, que arrancaron el Mundial presentando sus credenciales, y los no tan pibes Ronaldo y Klose. El alemán ahora tiene compañía rosarina en el primer puesto de máximos goleadores mundialistas (16). El “Gordo” ya lo mirá desde atrás.
Por Cristian Dellocchio - Página 12

