Cómo un encuentro inesperado se convirtió en una de las más bellas obras de Teresa Parodi: Pedro Canoero

30 de marzo 2026

Hay canciones que nacen de la nostalgia, otras del amor, y algunas, de un instante. Para Teresa Parodi, una de las compositoras más entrañables de nuestro folklore, su emblemática “Pedro Canoero” no nació en el litoral correntino que la vio crecer, sino en la belleza del Lago Ypacaraí en Paraguay, en aguas que brillaban con una intensidad casi irreal. Fue allí donde la música le salió al encuentro en forma de hombre, de gesto, de una reverencia que la invitó a entrar a una casa flotante.

En una entrevista, la artista repasó aquel viaje que terminaría por inmortalizar en una de las piezas más queridas de su repertorio. Fue un encuentro fortuito, de esos que elige la casualidad, pero que el arte se encarga de convertir en destino.

“Cuando finalmente llegamos al lugar, nos recibió un paisaje que solo puedo describir como increíble”, rememora Teresa con la mirada puesta en aquel instante. “Era un estallido absoluto de la naturaleza: un calor furioso, un verde que parecía refulgir ante nosotros y el brillo de las aguas que encandilaba. Todo allí tenía una intensidad vibrante, un brillo que lo cubría todo, pero que, extrañamente, convivía con la paz inmensa de aquel lago hermoso”.

Frente a ese escenario de postal, una hilera de canoas descansaba sobre la orilla. Sus dueños esperaban pacientes a los turistas. Pero entre todos ellos, hubo uno que atrapó la atención de la artista con una fuerza magnética.

“Yo los observé a todos y, casi por instinto, elegí a uno con la mirada. No sabría decir por qué, pero había algo en su actitud que me cautivó: parecía que esa canoa no era solo su herramienta de trabajo, sino el centro de su mundo. Estaba allí, erguido, con un orgullo sereno”.

La “casualidad —o quizás el destino”, como lo define ella misma, la llevó hasta aquel hombre. Al subir a la embarcación, él la recibió con un gesto que, años después, sigue resonando en su memoria como el primer verso de una canción.

“Nos recibió con un gesto que me impactó: una reverencia profunda, como quien te abre la puerta de su propia casa. Al sentarme, noté los detalles de su hogar flotante: donde deberían ir los remos, tenía un calentador pequeño, una pavita, el mate, una radio a transistores y una manta. ‘La canoa es su casa’, pensé. Y en ese momento, sentí que realmente me estaba invitando a pasar a su intimidad”.

La navegación transcurrió entre relatos. El hombre hablaba del paisaje con un enamoramiento contagioso, revelando secretos que solo quien habita el agua puede conocer. En un momento del recorrido, al descubrir que Parodi era correntina, el encuentro se transformó en un reencuentro cultural.

“Cuando descubrió que yo era correntina, su rostro se iluminó y empezó a cantarme en guaraní. Eran chamamés antiguos, melodías que parecían venir de otra época. En ese trayecto, entre el agua y la música, nos hicimos amigos”.

Al desembarcar, el hombre repitió su ceremonia de despedida. Teresa recuerda haberse dado vuelta para verlo una última vez: “Allí estaba él, con la mano levantada, despidiéndonos”.

Esa imagen, la del hombre erguido en su canoa, se quedó grabada en el alma de la cantautora. “Era una parte incuestionable del paisaje: tenía su color, su actitud, el brillo del agua en sus ojos y en su piel”, describe.

La inspiración no se hizo esperar. “Fue tal la huella que dejó en mi memoria que, en el avión de regreso a Buenos Aires, las palabras empezaron a fluir solas. Escribí la letra de un tirón y, mientras la terminaba, la canción ya estaba naciendo con su propia música”.

Así nació “Pedro Canoero”, una canción que une a dos naciones en una sola expresión, un relato que a la vera del Lago Ypacaraí encontró forma, haciendo inmortal la presencia de Pedro Canoero en una escultura que contará a las generaciones venideras, la maravillosa vocación de quien se hizo uno con las aguas y la belleza natural del lugar.

La Andariega sigue sus pasos, porque toda canción es también un viaje.

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