El alfajor: de manjar árabe medieval a golosina icónica argentina con sabores únicos en cada rincón

27 de marzo 2026

Argentina consume 70 alfajores por segundo y lo hizo propio con variantes regionales que van desde el clásico de maicena hasta las creaciones con mandioca, frutas regionales y hasta vino mendocino. En el Litoral, el alfajor se reinventa con ingredientes autóctonos que reflejan la identidad de su tierra como la yerba mate, el dulce de mamón o la guayaba.

Hay alimentos que trascienden su condición de simple bocado para convertirse en parte del imaginario cultural de un país. El alfajor es, sin duda, uno de ellos. En Argentina, este dulce que comenzó como un manjar árabe llevado a la península ibérica hace más de siete siglos, se transformó en un emblema nacional. Con un consumo que ronda los 70 alfajores por segundo, según datos de reconocidos especialistas en la materia, el país no solo adoptó esta golosina sino que la reinventó, diversificó y la convirtió en una industria que despierta pasiones regionales.

Pero, ¿de dónde proviene realmente el alfajor? ¿Por qué los argentinos lo hicieron propio? ¿Y cuáles son los sabores que definen a cada región, especialmente en el Litoral? La respuesta a estas preguntas recorre cientos de años de historia, cruza océanos y se detiene en cada rincón del territorio argentino, donde el alfajor adquirió una identidad única e inconfundible.

Un viaje milenario: desde Arabia hasta América
La historia del alfajor comienza mucho antes de que llegara a las góndolas de los kioscos argentinos. La Real Academia Española señala que la palabra proviene del árabe al-hasú o alaju, que significa “relleno”. Hace unos 700 años, en Arabia, se consumía una suerte de postre parecido a la baklava: una masa de miel y frutos secos envuelta en oblea. Ese dulce viajó con la expansión árabe hasta Andalucía, donde se instaló como un clásico de la repostería española, especialmente en las regiones de Murcia y Andalucía.

Los alfajores españoles, que hoy se consumen mayoritariamente en Navidad, conservan aquella esencia original: su ingrediente principal es la pasta de almendras, combinada con miel y nueces, emparentados con el turrón y el mazapán.

Fue durante la llegada de los españoles a América cuando trajeron sus recetas al nuevo continente. Allí, el alfajor encontró un territorio fértil para mutar. Los ingredientes locales —el coco, el maíz y, fundamentalmente, el dulce de leche— transformaron por completo aquel postre andaluz. Lo que llegó como un manjar artesanal de tradición árabe y española comenzó a adquirir una identidad propia en tierras americanas.

El pionero argentino: Augusto Chammás y la forma redonda
Aunque el alfajor ya se consumía en la región desde tiempos coloniales, fue en la Argentina donde adquirió su formato moderno. El químico francés Augusto Chammás, radicado en el país, inauguró hacia 1869 una pequeña industria familiar dedicada a la elaboración artesanal de dulces y confituras. Se le ocurrió una idea simple pero revolucionaria: en lugar de elaborar tabletas rectangulares, como era común, les dio forma redonda. Así nació el alfajor tal como lo conocemos hoy: dos galletitas redondas unidas por un relleno que su familia sigue comercializando en Córdoba con sabores de la región y la misma pasión de su creador.

Con más de 130 años de tradición, aquella idea se convirtió en el inicio de una industria que no ha dejado de crecer. Encendiendo fábricas en cada rincón del país con la misma genialidad con que se cocinó aquel primer alfajor argentino, llevando al máximo el ingenio como materia prima.

En el siglo XIX, con el desarrollo fabril, el alfajor se popularizó en América Latina y se convirtió en una golosina de comercialización masiva a precios accesibles. Pasó entonces de ser un manjar artesanal a un producto industrial que llegaría a todos los rincones. A principios del siglo XX, el alfajor ya estaba instalado en los kioscos y surgieron las primeras marcas comerciales, muchas de las cuales siguen vigentes hoy como íconos de la cultura popular.

¿Por qué los argentinos lo hicieron propio?
La respuesta tiene que ver con la capacidad de apropiación y reinvención. Mientras que en España el alfajor mantuvo su esencia de pasta de almendras y su carácter estacional asociado a la Navidad, en Argentina se convirtió en un producto de consumo diario, transversal a todas las edades y clases sociales. Se despojó de su origen árabe y español y se vistió con ingredientes locales que ya formaban parte del imaginario dulce argentino: el dulce de leche, el chocolate, el coco y la maicena.

Pero además, el alfajor encontró en la Argentina un territorio donde la descentralización y las identidades regionales potenciaron su diversidad. Cada provincia, cada ciudad, desarrolló su propia versión, adaptada a los ingredientes locales y a las tradiciones de su gente. Así, el alfajor se convirtió en un mapa comestible del país.

Las variedades regionales: un recorrido de sabores
Mar del Plata es, sin dudas, una de las capitales alfajoreras del país. La tradición de regresar del histórico balneario con una caja de alfajores marplatenses se mantiene intacta. Estos se caracterizan por sus versiones de masa tierna, rellenos de dulce de leche y bañados con chocolate negro o con un azúcar tipo merengue que les da el característico color blanco.

En Santa Fe, los alfajores santafecinos son fácilmente reconocibles por su baño de glasé y sus capas rellenas de dulce de leche. El secreto de estos dulces está en sus tapas de masa crocante, que se logra agregando a la preparación una pizca de alcohol fino.

En Córdoba, la ciudad de La Falda celebra todos los años la Fiesta Nacional del Alfajor, un evento que consagra a este bocado como el rey de la provincia. La versión cordobesa se distingue por una masa más liviana y esponjosa, rellenos de mermeladas de frutas regionales y un baño de glasé de azúcar impalpable y limón que le otorga una textura crocante que se rompe al primer mordisco.

En Mendoza, tierra del vino, los alfajores incorporan frutos secos y hasta el producto estrella de la provincia. Su masa está hecha con un porcentaje de nueces molidas, lo que le otorga un sabor único y una textura tierna y cremosa. No faltan las versiones que incorporan Malbec, Cabernet Sauvignon, Merlot y espumantes en su elaboración.

El Litoral y sus alfajores: mandioca, frutas y tradición
En la región del Litoral, el alfajor adquiere identidades que reflejan la riqueza de sus recursos naturales. En Corrientes, la mandioca —producto típico de la zona— se convierte en la base de alfajores que se destacan por su frescura. Rellenos con confituras de frutas regionales, estos alfajores representan una versión liviana y muy distintiva dentro del universo alfajorero argentino.

En el Chaco, aunque con menor tradición industrial que en otras provincias, el alfajor artesanal ha encontrado un espacio de crecimiento. Pequeños productores y emprendedores locales han comenzado a elaborar sus propias versiones, muchas de ellas incorporando miel chaqueña, algarroba y otros ingredientes autóctonos que rescatan la identidad productiva de la provincia. La tendencia hacia lo artesanal y lo regional ha permitido que el alfajor chaqueño comience a ganar reconocimiento en ferias y mercados locales.

En Formosa, la tradición del alfajor está vinculada también a la producción de dulces regionales, con elaboraciones caseras que combinan dulce de leche con frutas tropicales y coco rallado.

El alfajor de maicena: el clásico que se deshace en la boca
Entre todas las variedades, hay una que ocupa un lugar especial en el corazón de los argentinos: el alfajor de maicena. Elaborado con tapas de almidón de maíz, relleno de dulce de leche y cubierto con ralladura de coco que envuelve la unión de las dos galletas, este alfajor se destaca por su textura delicada que se deshace en la boca. Es ideal para acompañar con un café, un té o, como manda la tradición, con un buen mate.

El alfajor de maicena representa la síntesis de aquella adaptación del dulce árabe a los ingredientes americanos: la maicena reemplaza a la harina de trigo, el dulce de leche —invento argentino— sustituye a la miel y la pasta de almendras, y el coco aporta el toque tropical que lo hace inconfundible.

El alfajor en la actualidad: entre lo industrial y lo artesanal
Hoy, la industria del alfajor en Argentina es enorme. De los seis millones de alfajores que se venden diariamente, según estimaciones del reconocido perfil Catador de Alfajores, una parte corresponde a la producción industrial que se encuentra en los kioscos de todo el país. Pero junto a ella, ha crecido en los últimos años una corriente de producción artesanal y gourmet que utiliza materias primas de alta calidad y técnicas de pastelería europea, ofreciendo versiones más sofisticadas para paladares exigentes.

Desde los años 90, las grandes marcas de golosinas han lanzado líneas de alfajores inspiradas en sus productos insignia, ampliando aún más el universo de opciones. Sin embargo, las versiones regionales siguen disputando su lugar en las góndolas y en las preferencias de los consumidores que buscan llevarse un pedazo de su tierra en cada bocado.

Un emblema que sigue sumando adeptos
La historia del alfajor argentino es, en definitiva, la historia de un alimento que supo adaptarse, reinventarse y multiplicarse. Lo que comenzó como un manjar árabe en la Edad Media, pasó por España, cruzó el Atlántico y encontró en el Río de la Plata el territorio donde desplegaría toda su versatilidad.

Hoy, recorrer la Argentina es también recorrer sus alfajores. Cada provincia ofrece su versión, cada región aporta un ingrediente, cada bocado cuenta una historia. Y en ese mapa de sabores, el Litoral se destaca por su capacidad de integrar lo autóctono con lo dulce, ofreciendo alfajores que llevan en su masa la identidad de su tierra.

Este viaje continuará...

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