Sergio Falcón no mira el río desde la costa. Lo habita, lo escucha y después lo traduce en pecececitos que no nacen solo del agua. En sus obras, el artista chaqueño encuentra la síntesis perfecta entre su conexión con el Paraná en su querido Barrio de los Pescadores y su compromiso con el ambiente.
La comunicación del artista con el río no es nueva. Nació en una infancia de costas, de agua, de pescas y de silencios. Pero con el tiempo, esa conexión íntima se transformó en un lenguaje visual propio, crudo y poético a la vez. Sus materiales, muchos de ellos recuperados, no son una elección casual sino coherencia. Las maderas a la deriva son aquello que el río devuelve y las telas en las que pinta van haciendo un relato, cuentan historias de tradiciones, fraternidad devoción, y también injusticias. Cada pecececito es único y cada uno lleva una historia, los que pinta y los que modela transmiten esa intención con la que fueron creados.
En todo el universo creativo de Sergio Falcón, los pecececitos no son simples representaciones. Son metáforas vivientes de la fragilidad y la resistencia. El pecececito es el río que habla, la naturaleza que intenta sobrevivir a pesar de todo. Pero también es el ser humano descartado: pequeño, frágil, a veces invisible, pero aún así presente. La elección del pez no es inocente. En la cultura litoraleña, el pez es alimento, es sustento, es vida. Al convertirlo en un objeto hecho con descartes, Falcón invierte el significado y al mismo tiempo, lo rescata. El pecececito es entonces un acto de amor: una criatura que nace de los desechos para recordarnos que nada está perdido del todo, que siempre hay tiempo para volver a mirar, para recoger, para recomponer. Así, esos pecececitos no son solo pequeñas obras de arte. Son preguntas hechas materia. Son una invitación a mirar el suelo, el agua y al otro, y a preguntarnos qué estamos descartando hoy.

